El viaje, con escalas no ha sido muy pesado, pero el no haber dormido apenas en toda la noche hace que lleguemos muy cansados.
Lo primero que llama la atención al llegar es que todo está en cirílico, y aunque debería dar lo mismo, en realidad choca bastante. No sé qué se pensaba Belén que iba a pasar en el control de pasaporte, pero pasamos sin problemas.
Esta vez, aunque había bastante gente con carteles, no vino nadie a buscarnos, ni tampoco cogimos ninguno de los taxis que se ofrecían. Fuimos al autobús, siguiendo las indicaciones de unas página y después de veinte minutos de espera nos dimos cuenta de que en algo nos estábamos equivocando.
Se nos acerca un chico que conduce una furgoneta con asientos, que pone paradas de metro en una ventana y nos dice algo que no entendemos, a lo que respondemos con el nombre de una parada de metro, nos dice que si, vamos, que "da", así que nos montamos... con muchas dudas, pero nos montamos.
En el trayecto, con un tráfico algo caótico, aprendemos cirílico y nos damos cuenta que la última parada de la furgoneta es la que más cerca nos pilla del hotel, así que en vez de bajarnos en la primera vamos haciendo una panorámica hasta la última.
Curiosamente, a la furgoneta se sube y baja la gente en las paradas oficiales, en las no oficiales y en cualquier semáforo.
En ese momento aún no sabemos lo grandes que son las distancias en San Petersburgo, pero no tardamos en aprenderlo: cargados con las maletas andamos y andamos y andamos hasta el hotel, al que por fin llegamos.
Como buenos turistas, hay que aprovechar el día de llegada, así que tras un breve descanso para dejar las maletas, vamos a andar la ciudad, todo edificios macizos y grandes calles, lo que es decir andar y andar. No es que sean altos, pero todos tienen en su interior un amplio patio, por lo que desde fuera las manzanas quedan enormes.
Nuestro paseo, nos lleva por fin a la joya del día, la catedral de la sangre derramada, erigida en el lugar donde el zar alejandro recibió la herida que le mató, extraordinaria por dentro y maravillosa por fuera.
Belén, nada más ver las cebollas (de las cúpulas) se puso a llorar (de emoción).
Con cebollas de semejante tamaño... como para no llorar..!!!
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