Antes de coger el tren a Moscú, nos queda una horita que aprovechamos para visitar el monasterio de Alexander Nevski, un complejo de siete iglesias y tres cementerios. Bueno, hay que tener en cuenta que aquí llaman catedral a cualquier iglesia, así que llaman iglesia a cualquier capilla.
La estación nos pilla pegando al hotel, así que en un periquete llegamos allí y mirando en unos paneles y en otros, a partir del número de tren 157A, sin preguntar a nadie, conseguimos localizarlo y tras pasar el arco de seguridad subir.
El tren se nota moderno y va hasta arriba, con las maletas por los pasillos, pero es espacioso. Curioso, de vez en cuando pasa un chico con un carrito como el de los aviones vendiendo tanto comida como bebida.
Al llegar a Moscú la estación de metro que cogemos para ir al hotel es de las que hay que pararse a mirar: hace años, los rusos recorrieron los metros del mundo, para hacer el metro más bonito del mundo y una de las cosas a hacer como turista es visitar estaciones de metro.
Cargados con las maletas no va a poder ser. El turismo tendrá que esperar.
Tras pasar por el hotel a dejar las maletas y descansar un poco salimos para aprovechar. El hotel se encuentra a cuarto de hora andando de la plaza roja, un auténtico privilegio, pero la zona está en obras y se alternan edificios de oficinas, con edificios nuevos y con edificios destartalados: así que fuera del horario de oficina no hay un alma por la calle, y cuando vemos gente todos son sospechosos y merodeadores, apretamos el paso, agachamos la cabeza y no decimos una palabra de español. Y esa va a ser la tónica general de cada noche :-s
Al llegar a la plaza roja no se puede entrar :-( Hay un espectáculo militar de desfiles. Un tattoo, para quien haya visto uno, como hace años vi en Edimburgo.
Damos la vuelta por detrás y entramos en GUM, galerías comerciales antaño emblema del comunismo que irónicamente ahora están atestadas de las marcas comerciales más conocidas (y caras) del mundo. Desde luego un sitio para ver (y no comprar).
De vuelta hacia el hotel cenamos en un McDonnals, para ver las cosas que tienen diferentes por países y aparte de que en todo momento tienen cola y no es para menos dado que es bastante más barato que otras alternativas, después de esperar cola por más de quince minutos, nos toca la rusa borde, que no entiende inglés y te pone cara de odio por existir. Pedimos un menú y nos trae la carta, insistimos en que queremos un menú y nos vuelve a señalar la carta, así que a la tercera de que queremos un menú llama al encargado para que se coma el marrón; el encargado, más pragmático nos pone lo que pedimos, nos lo cobra como si no fuera un menú y si quieres reclamar, al maestro armero.
Lo peor de todo, que Belén se queda con hambre, si es que debe tener un agujero en el estómago!!
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